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EL ARTE DE EDUCAR II
Escrito por D.Santiago Arellano, on 20-05-2009 14:52

TEMA DUODÉCIMO: UNA OPCIÓN  INADECUADA                

 

       -“Así que, padre, dijo Ciro, si es útil conocer ambas conductas: beneficiar y perjudicar a los hombres, se nos debían haber enseñado también ambas en el caso de los hombres. 

     

   -Se dice, hijo mío, dijo Cambises, que en tiempos de nuestros antepasados hubo una vez un maestro de niños que, efectivamente, les enseñaba la justicia, como tú pides, enseñándoles a no mentir y a mentir, a no engañar y a engañar, a calumniar y a no calumniar, a no ganar por medios fraudulentos y a ganar por medios fraudulentos. Y delimitaba dentro de esas conductas qué había que hacer a los amigos y qué a los enemigos. Incluso les enseñaba que es justo engañar también a los amigos, al menos si es para obtener provecho, y robarles las pertenencias para  sacar provecho también. Con estas enseñanzas también era forzoso que los niños se entrenaran para practicarlas entre ellos, como dicen que los griegos enseñan a los niños a servirse del engaño en las competiciones atléticas y a entrenarse entre ellos para poder practicarlo. Así pues, algunos que así habían llegado a ser expertos tanto en engañar como en ganar por medios fraudulentos y quizá sin ser tampoco inexpertos en codicia, no se abstenían de intentar ganar por medios fraudulentos ni con sus amigos. A partir de estas acciones, se gestó un decreto, en vigor todavía en nuestros días, por el que simplemente se enseñara a los niños, como nosotros enseñamos a los criados a que en su comportamiento con nosotros digan la verdad, no engañen, no roben ni saquen ganancia por medios fraudulentos, y, si hacen algo al margen de estas normas, se les castigue para que, acostumbrados a tal hábito, lleguen a convertirse en ciudadanos más dóciles. Y, cuando llegaban a la edad que tú tienes ahora, ya parecía libre de peligro enseñarles también normas contra los enemigos, pues parecía que ya no os dejaríais arrastrar a ser ciudadanos incivilizados habiendo sido criados en el respeto mutuo. Así, como tampoco nosotros conversamos sobre temas amorosos con los demasiado jóvenes, para evitar que, como se añade su ligereza en el actuar a su fuerte deseo, los jóvenes hagan uso de esa ligereza desmedidamente.  

  

        -Sí, por Zeus, dijo Ciro. Pues bien,  considerando que yo he llegado tarde a instruirme en esas ventajas fraudulentas, no escatimes, padre, explicaciones, si es que puedes enseñarme la manera de ser superior  a mis enemigos.” 1                

 

         El relativismo contemporáneo justifica que haya elegido este texto que se encuentra a continuación del que os presentamos en el artículo anterior. ¿Es posible enseñar y aprender a defender la verdad y la mentira, al mismo tiempo? ¿Es posible actuar  indiferentemente de manera noble o de manera fraudulenta? Así opinaban los sofistas hasta que Sócrates los acorraló en sus contradicciones. La verdad, para ellos, era la eficacia, el provecho y la utilidad y siempre puro juego verbal, más valioso cuanto más brillante y embaucador. Sofistas como pobres siempre los  tendremos entre nosotros, aunque hoy los encontramos a calderadas.              

 

        ¿Es factible lograr  con éxito una persona tan imparcialmente ejercitada que sea capaz de utilizar sagazmente la mentira sólo con los enemigos y la verdad con sus amigos y conciudadanos? No me cansaré de ponderar la  doctrina católica del pecado original para discernimiento del modo humano de ser y obrar. Al ignorarla, cualquier respuesta positiva  a mi pregunta se estrella contra la cruda realidad.  

 

        Supongamos que aquel maestro recordado por Cambises actuase con  convencimiento y nobleza. Los resultados no permitieron que aquel modelo educativo fuese duradero. En nuestra naturaleza no se encuentran en igualdad de oportunidades el vicio y la virtud. Incorporar a nuestro ser como algo connatural una virtud será fruto de un esfuerzo ímprobo y nunca fiando. El vicio prende en nuestra naturaleza como el fuego en el chaparral, aunque luego al verlo arder, como enseña nuestra jota, lo quisiéramos apagar. Sólo valores y virtudes son objeto de educación. Los vicios, sí, pero  como contención, dominio y señorío.                

 

       Pronto se percataron de que podía actuarse de manera fraudulenta incluso con los amigos para sacar provecho y dado que es fácil no ser inexperto en codicia, como recuerda Jenofonte, con ironía, había que cambiar la ley. Y, como en tantas ocasiones, su resultado,  si no peor el remedio, no mejor, por no tener en cuenta la enfermedad.                

 

      En el texto, educar no se concibe como enseñar a amar el bien y evitar el mal. Sólo hay que rechazarlo por temor, igual que el gato escaldado que huye del agua fría. De esta manera se conseguirá si no que cada cual ser mejor, al menos comportarse como un buen ciudadano o como  sin ambigüedades confiesa el texto, como ciudadano dócil. Reconocen que a los jóvenes los educan como a criados, por lo que, en este caso, debíamos hablar  más de  doma que de  educación. El texto no tiene desperdicio.  Invito a los entendidos a que repasen las últimas leyes educativas  y las contrasten con la educación cívica que aquí se nos  describe. Yo prefiero el conócete a ti mismo como clave de una verdadera educación. Para colmo se ofrece como ejemplo  el modo de tratar con los jóvenes el tema del amor. No se trata por temor aparentemente prudente. En consecuencia la educación no prepara ni para vivir plenamente ni para amar. Realista la descripción. Pobre el objetivo. Otro día lo trataremos. 

 

1 JENOFONTE   “Ciropedia” Editorial Gredos Barcelona 2001 págs. 76-77

        
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EL ARTE DE EDUCAR II
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Última actualización el Miércoles, 13 de Enero de 2010 17:50
 
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